Agujeros impermeables

 "La luna y las estrellas no merecen ya mención alguna"

Walter Benjamin

 

 

 

Se ven dos bocas en close up, están enredadas en un beso enardecido mientras el foco se aleja. Dentro de un marco negro sostenido por unos dedos que también son suyos se distinguen los rostros dueños de esos labios inquietos. El foco nuevamente se aleja. La idéntica escena se descubre ahora en un encuadre ya sin dedos y con el beso censurado por su réplica cuadrangular. El foco se aleja, y en medio de un bosque entenebrecido de neblina su repliegue incesante los muestra en otro marco. Finalmente el conjunto se revela como la imagen de un Smart TV. El efecto de retroceso que no se deja etiquetar ni como movimiento de cámara ni como zoom out continúa durante aproximadamente un minuto. Un minuto de pantallas en mamushkas que podrían haberse extendido hasta el infinito sin hallar ningún comienzo ni afuera alguno de ese espacio reticular de encuadres sucesivos. El corte fue caprichoso en teoría pero formalmente preciso: un trailer (lo mismo que estos ensayos) no puede extenderse demasiado.

 

Parecido a una promesa, el “trailer” es una forma breve que se inclina hacia el futuro. Se proclama siempre antes de que lo que en verdad va a ocurrir ocurra y en su anticipación, como en toda promesa, se pretende una manera de disponer del futuro en el presente. Apartado del procedimiento de la sinopsis donde se condensa el relato en una especie de réplica en miniatura, este redistribuye fragmentos con una sintaxis propia donde muchas veces lo que llega después del “próximamente” (que funciona como punto final) no le hace justicia a su anticipo. El mensaje es siempre el mismo: lo que está por venir vale la pena.

 

El trailer arriba narrado corresponde a la primera temporada de la serie Black Mirror[1] cuyo mensaje diríamos dista simétricamente de su promesa publicitaria. Cada uno de sus capítulos frustra cualquier intención de asumir que lo por venir valga la pena. No obstante alejaré aquí el foco de análisis de la serie para situarlo en la inquietud que, luego de su adelanto audiovisual, se me ha quedado adherida. Quizá esta pueda simplificarse en el siguiente interrogante: ¿Dónde está el ojo?

En relación con esta cuestión descifro en el trailer algo así como una transformación por exceso. Quiero decir, si entendemos que las pantallas han existido bajo el paradigma de la “ventana abierta” y este a su vez funciona como prolongación del arquetipo del agujero que conecta un interior con el exterior, esa conexión con el afuera aparece allí frustrada. La salida más allá del marco no nos deposita en un exterior sino siempre en otro espacio, llamémosle (ya que la propia dicotomía exterior/interior se tambalea), contiguo.

 

 

 

Trataré de explicarme con mayor claridad recurriendo a uno de esos autores que admiro hasta el plagio: Michel Foucault. En su texto “Nietzsche, Freud y Marx”[2] contamos con la descripción de un procedimiento similar de transformación por exceso. En esas tres figuras, pero fundamentalmente en Nietzsche, encontró la manifestación de una nueva especie de interpretación. Una inflexión sin precedentes que culminaría subvirtiendo los supuestos mismos sobre los que descansaba toda interpretación, la que hasta allí había sido ejercida como una figura del desvelamiento, como una búsqueda del reencuentro con el referente primero. En su singular ejercicio ya no encontraría ningún comienzo al final de su despliegue sino siempre otra interpretación. Y si todo es interpretación, concluye Foucault, es porque no hay nada que interpretar.

 

Les propongo una cita del texto mencionado junto a un juego de lectura (de manera que el plagio quede a cargo de quien lee y no de quien escribe):

Cuanto más lejos se va en la interpretación tanto más se avecina, al mismo tiempo, a una región absolutamente peligrosa, en donde no sólo la interpretación va a alcanzar su punto de retroceso sino que va a desaparecer como interpretación, causando tal vez la desaparición del mismo intérprete.

Donde dice “interpretación” pongan ustedes “alejamiento del foco” y donde dice “interprete” coloquen el término “pantalla” y verán entonces la mejor definición de la transformación por exceso de la cual les hablaba. El exceso de pantalla configura un punto de ruptura más allá del cual ésta se vuelve imposible. Se trata también de un rechazo de la visión no mediada como comienzo, un rechazo de la robinsonada de la mirada donde la visualidad de tan agujereada acaba volviéndose impermeable al afuera. Mientras el ojo donde pareciera colocarse frente a la pantalla se revela dentro de ella, embutido en una espacialidad que por definición debería desplegársele frente a sí. No diría que se trata de un encierro porque encontrarse atrapado en un espacio infinito suena demasiado parecido a un oxímoron. Se trata más bien de un rastro, una huella más de la ineficacia del dualismo adentro/afuera para explicar el modo de existencia de las imágenes en un mundo en el que las fronteras entre estas y lo que llamamos realidad se han enrarecido.

Aníbal Rossi es docente universitario (UNR/UAI). Especialista en tecnologías digitales y mutación cultural.

[1] El trailer se encuentra disponible en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=zLZHdK6l55I

[2] Foucault, M. (1970) Nietzsche, Freud, Marx. Barcelona. Ed. Anagrama.

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