Las trabajadoras audiovisuales rosarinas quieren contar sus historias

El sábado 20 de mayo, mujeres que trabajan en diversas instancias de la industria audiovisual local se reunieron por primera vez para compartir experiencias y organizar sus reclamos específicos. El 10 de junio llevarán sus proclamas a un Encuentro en Buenos Aires

La mañana de sábado está tan gris y fría que casi nadie se le anima: las calles están desiertas. Sin embargo, desde la puerta del Centro de Formación Profesional Pichincha del Sindicato de Prensa Rosario se escuchan voces, muchas voces de mujeres que sugieren una multitud. Y cumplen: adentro toma forma la primer asamblea de mujeres cineastas y de medios audiovisuales de Rosario.

“Nos encontramos para ser las protagonistas de nuestras propias historias”, afirma con elocuencia la convocatoria. Lo que puede parecer apenas una metáfora para estetizar la invitación, en realidad responde a la existencia de un contexto de “participación y representación históricamente desigual en el campo audiovisual”: las mujeres de la industria casi nunca pueden contar sus propias historias. Relegación a roles administrativos en la producciones, pocas películas dirigidas por mujeres en las carteleras y los festivales, discriminación en los espacios de formación y de trabajo, son apenas algunas de las problemáticas que aparecerán durante la jornada. De allí, la convicción: “Si nosotras miramos, transformamos el mundo”.

Como es costumbre desde hace un tiempo, esta movida también empezó en las redes sociales. “Este Encuentro surge a partir de la experiencia de Buenos Aires. Unas chicas de allá armaron un grupo de Facebook y de un día para el otro eran 2000 y en una semana eran 6000”, relata Josefina Baridón, una de las integrantes de la Comisión Organizadora de la versión rosarina. “Ante la masividad, urgió juntarse y se concretó un primer encuentro el 22 de abril. En seguida, surgió la necesidad de replicarlo en las provincias: se hizo en Misiones, en Mendoza y empezamos a armarlo acá”, rememora.

Así fue que entre algunas interesadas, activaron una juntada y formaron una Comisión Organizadora. Primero fueron tres, después ocho y sobre el final se convirtieron en catorce. Crearon un grupo específico en Facebook, lanzaron la convocatoria, consiguieron el lugar. Hasta armaron planillas de inscripción para calcular la concurrencia y empezar a recolectar datos sobre las participantes. El formulario lo llenaron unas 100, pero llegaron un poco más de la mitad. Eso sí: vinieron desde Rafaela, Santa Fe y Córdoba. “La CO se identifica como federal y feminista. Queremos ver si eso se traslada a todo el grupo”, anticipaba Josefina. El devenir de la reunión cumpliría esa premonición.
 


En el salón más grande del espacio ubicado en Santiago 146 bis, todo responde a la forma de organización histórica del movimiento de mujeres, la asamblea: una ronda que abarca la circunferencia completa de la habitación, una lista de oradoras, manos que se levantan y recorridos personales que se hacen colectivos. La participación y la representación, o más bien la falta de ambas, son los tópicos que se repiten en casi todas las anécdotas y experiencias. El tercer factor común: la discriminación machista, es decir la menospreciacion del trabajo o las capacidades de las mujeres sólo por el hecho de ser mujeres.

Hay jóvenes estudiantes y mujeres con más de quince años de experiencia. Algunas llegan con sus cochecitos, hay al menos dos bebés en brazos. Otras llegan con sus hijos más grandes. Cuando una mamá quiere hablar, otras compañeras ayudan a entretener al pequeño. Así funciona la solidaridad, como por inercia. Una de las mujeres afirma que para asegurarse representación hay que “tomar los espacios del Estado”, reclamar la participación obligatoria de mujeres en los medios estatales y en las producciones que emanan de concursos de fomento. Otra sugiere entonces demandar un cupo femenino en la programación de festivales, específicamente del Festival Latinoamericano de Video Rosario. Y otra piensa en generar una categoría de género, una mesa de debate o un premio alusivo dentro del mismo.

La necesidad de formar a docentes y estudiantes de las escuelas de cine sobre temáticas de género aparece varias veces. Los motivos sobran. La mayoría estudian o estudiaron en la EPCTV. Una de las chicas recuerda cómo una vez un docente le sugirió que no hiciera cámara en mano porque el equipo era muy pesado para ella. La chica se plantó y enfrentó al docente; ahora tiene miedo de ir a rendir la materia. Todas recuerdan haber sido minoría en sus promociones. Por eso la idea de instancias de autoformación toma popularidad rápidamente entre las presentes.

La situación se extrapola a la experiencia laboral: “Siempre se nos relegan las tareas más administrativas, mientras que las operativas y técnicas quedan en manos de los chabones. Por eso tantas mujeres trabajan en producción o arte”, explica Josefina. Otra anécdota valida la descripción: “Un claro ejemplo es el de una compañera que se postuló para cámara y quedó para tipeo de placa. Ella labura de hacer cámara, pero la contrataron para un oficio que requiere menos fuerza”, ratifica.
 

Pareciera entonces que poder hacer lo que una quiere o sabe hacer dentro del medio audiovisual depende de la voluntad de resistir y disputar esos lugares histórica y sistemáticamente negados a las mujeres. Una de las más experimentadas resume: “No podemos tener que ser heroínas para trabajar. Hay derecho a no ser genial y laburar sin embargo. No puede depender de la personalidad”. Una vez más, además de dar batalla, las chicas afirman la importancia de “contratarnos entre nosotras”.

Todas las inquietudes y propuestas se trasladan a las conclusiones, que serán llevadas por algunas representantes al próximo Encuentro en Capital a realizarse el 10 de junio. En este sentido, la perspectiva federal es igual de importante que la de género. “Me parece que es muy importante plantear que hay una problemática específica de la región”, afirma Baridón. “Hay cosas que nos pasan porque somos mujeres y trabajamos en un medio machista, pero hay cosas que además nos pasan porque no trabajamos en Buenos Aires”, asegura.

Este primer encuentro quiso ser un puntapié inicial para dar lugar a un nuevo colectivo feminista. Aunque ya están agrupadas y constantemente comunicadas (el grupo de Facebook que empezó todo ya tiene casi 400 participantes), todavía no quedó definido el nombre. Este fue el último tema de debate de la asamblea: si nombrarse o no solamente como mujeres (e incluir otras identidades diversas), si hablar o no de "cineastas". Para eso habrá tiempo. Por ahora, las trabajadoras de los medios audiovisuales de Rosario están, en toda su diversidad, organizadas y con ganas de transformar su realidad.

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