Tetazo en el Monumento: las tetas también son políticas

Luego de la desmedida reacción policial ante el topless de tres mujeres en una playa en Necochea, se organizaron "tetazos" simultáneos en varias ciudades del país para reclamar por el fin de la opresión a los cuerpos de las mujeres. En Rosario, el Monumento a la Bandera se llenó de miles de personas - pechos desnudos, miradas curiosas y presencias solidarias - en un evento sin precedentes

"Yo nunca vi una cosa así", dice una señora de unos 70 años que llega al Monumento ayudada de su bastón. Su comentario carga con más asombro que juicio, y es acertado: nunca ocurrió una cosa así en la historia de la ciudad. Desde las 17, el Patio Cívico del espacio más emblemático de Rosario se llena de cada vez más torsos desnudos. En realidad, se llena de tetas. De pares de tetas de todas las formas, tamaños y edades, pálidas o acompañadas de un bronceado. Tetas estriadas, operadas, pintadas, tetas que amamantan. Pero en su infinita diferencia, comparten una fundamental similitud: todas son tetas políticas. 

Todo empezó un poco más de una semana antes, a ochocientos kilómetros del Monumento, en una playa de Necochea. Tres chicas quieren hacen topless pero un veraneante ofendido por la desnudez ajena llama a la Policía y llegan 20 efectivos y 6 patrulleros para censurar tres pares de tetas. La indignación por la desmedida reacción policial no tarda en suscitarse y replicarse por las redes sociales. El debate sobre por qué sí o por qué no mostrar las tetas en una playa invade todos los canales de televisión y cada publicación alusiva en redes sociales.


El movimiento de mujeres y feminista decide ponerle, literalmente, el pecho (los pechos) a la cuestión y se organizan de forma más o menos espontánea "Tetazos" en lugares clave del país: el Obelisco, el Monumento, la Plaza Vélez Sarsfield en Córdoba. La premisa: ocupar el espacio público en tetas para cuestionar la doble moral de una sociedad que acepta ver torsos desnudos en la pantalla de Tinelli pero no haciendo topless en la playa. "La teta que no vende, molesta", reza alguna consigna todavía virtual. 

La virtualidad se hace carne en el Monumento a la Bandera mientras el sol de la tarde pega de lleno sobre la explanada, las escalinatas y los pechos que se animan a mostrarse desde el principio. La voz de Lala Brillos ya ejerce -en tetas, claro- la conducción del evento que promete bandas, lectura de poesía y performances varias. Todavía hay más cámaras de medios (y cámaras de "curiosos" infiltradas) que tetas para fotografiar. La expectativa es enorme ante cada corpiño que asoma con desabrocharse.

De a poco, mientras Sofía y Melquíades (la primera banda del line up) coverea a Nina Simone pidiendo "Respect", se empiezan a poblar más y más los escalones del Monu. Cuánto más mujeres se animan a perder la remera y después el corpiño, otras se sienten contenidas en lo que ya es multitud y también se deciden a mostrar los pechos. Para muchas es la primera vez, pero sonríen: hay una liberación que se inaugura y remueve en ese acto el peso de una cultura heredada que siempre dijo que teníamos que taparnos. Vane Baccelliere, cantante de Girda y Los Del Alba, entona algunos clásicos de Gilda y el Tetazo se vuelve decididamente una fiesta. Se mueven las caderas y se balancean las tetas al ritmo de la música. Pareciera que nunca fuimos tan libres, que el Monumento nunca fue tan nuestro.


Pero la conquista no es reino. El espacio es compartido por varios varones "curiosos" que están ahí para mirar y no disimulan. Algunos entran, sacan fotos, rozan de más un cuerpo de mujer. A esos se los señala y la Guardia Urbana Municipal, que hace presencia sólo con agentes mujeres, les pide que se retiren. La prioridad es generar un espacio seguro y que el mostrar o no mostrar quede en la decisión subjetiva de cada mujer y no en una imposición ante la mirada libidinosa que se percibe como peligrosa, invasiva. Lala pide que "nos cuidemos todas entre nosotras" e invita a "los pajeros" a irse a sus casas. Desde temprano, un grupo de diez, veinte hombres se apoya en un lateral y mira como si fuese una vidriera, como si todas esas mujeres estuvieran ahí para su disfrute. Están del lado de afuera y cuando se los interroga, se animan a provocar, reconociéndose como "pajeros" o decir que vinieron a "apoyar... desde atrás". Tienen desde veinte a sesenta años. 


Otro panorama que contrasta el adentro y el afuera es la inexplicable presencia policial que recubre desde temprano todos los alrededores del Monumento. Sobre la Plaza 25 de Mayo, sobre la Costanera, se estacionan varios patrulleros. Gendarmería también está. Hay oficiales adentro de la Catedral. El prejuicio ante el movimiento de mujeres y feminista espera disturbios, pintadas, algún hecho que permita deslegitimar lo que no es más que un reclamo por igualdad. En este caso, por la igualdad básica de mostrar los pezones si se quiere, un derecho que hasta ahora era privilegio de los varones. Hasta ahora.

Lo que al principio del evento era objeto de miradas y fotos, se vuelve natural. Las tetas ya son tantas que dejan de importar y a la vez siguen siendo las protagonistas. Se naturaliza su presencia en el espacio y quizás ese sea en parte el objetivo. Las mujeres bailan, toman mates, charlan, dan entrevistas, comen churros, en tetas. Un grupito improvisa un picadito cerca del escenario, la pelota vuela y la paran de pecho, de pechos. Otras se animan al pogo que amerita el punk de Las Rotten y otra vez las tetas rebotan en los saltos, los cuerpos se encuentran y no hay pudores. Hay familias enteras, hay tetas adornadas con el body painting gratuito que se ofrece, hay tetas maduras de señoras de sesenta y pico. "Yo no tengo pudores y me parece que cada una tiene que poder mostrar los pechos si quiere, así como los hombres pueden mostrar el suyo", dice Adriana, que no tiene reparos en contar que tiene 62 años y que fue acompañada de su marido, Ricardo, quien sonríe a su lado, orgulloso.

Va cayendo la tarde y al evento le queda poco por delante. Euge Craviotto de Mamita Peyote entona clásicos de la banda en versión acústica y se queja sin tapujos de que la gente se moleste por unos pares de tetas en una playa y no por todas las mujeres asesinadas y violadas a diario. La hipocresía es el enemigo público número uno del Tetazo. La de la sociedad, claro, pero también la de un Estado que responde a través de la fuerza policial de manera inmediata y masiva a una queja por un topless pero que no puede prevenir femicidios ni acompañar a las víctimas de violencia. 

Alguien dijo alguna vez que la libertad es perder todos los miedos. Y las mujeres convivimos a diario con un montón de miedos en una sociedad que se nos vuelve hostil, violenta. Que se vuelve más hostil y más violenta cuando nos manifestamos y reclamamos, cuando queremos ser más iguales y para lograrlo, transgredimos, nos animamos. Las reacciones virtuales a las organizaciones del Tetazo y la emergencia de los irónicos "Chotazos" en respuesta son una clara muestra de eso. Pero entonces el Tetazo triunfa: somos muchas, nos mostramos y perdemos el miedo. Entonces por unas horas, en el Monumento a la Bandera, en un centro neurálgico de la ciudad, podemos elegir o no mostrar nuestros pechos y en ese mismo acto, podemos hacer una elección que hasta entonces nos fue negada por la cultura. En ese mismo acto, somos más libres. 

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