Orange is the new black: feminismo para principiantes

La popular serie de Netflix estrenó el 9 de junio su quinta temporada y volvió a demostrar que se puede hacer televisión mainstream, feminista, representativa y exitosa

Atenti Spoiler: este artículo contiene algunas referencias generales a la trama de la serie, pero intenta no relevar nada determinante para aquellxs que no la hayan visto. Todo dependerá de cuan sensible tenga el umbral del spoiler el lector o lectora...

Cuando Netflix estrenó Orange is the new black allá por el 2013, el furor fue casi unánime entre cierto público. Es que la serie, que cuenta el paso de una mujer estadounidense blanca y de clase media por una cárcel de mínima seguridad, tenía todo para seducir a una audiencia que sin saberlo empezaba a sentir el calor de un álgido movimiento feminista al borde de la masividad: un elenco casi predominantemente compuesto por mujeres, humor ácido, buenos guiones, crítica sociocultural y un conjunto de personajes entrañables. Cinco años después, la creación de Jenji Kohan confirma que es capaz de resistir las limitaciones de su propia trama pero sobre todo de superar los cuestionamientos a su forma de ejercer el feminismo.

Ante todo, alguno datos necesarios. Orange está basada en la novela autobiográfica de Piper Kerman, una estadounidense que, al igual que la protagonista de la posterior serie de Netflix, fue condenada a dieciocho meses de prisión en una cárcel de mínima seguridad para mujeres. Su crimen: haber colaborado en su juventud (unos diez años antes de su condena) en la red de narcotráfico internacional de su entonces novia.

En la ficción televisiva (una de las primeras producciones integrales de la plataforma digital), Piper Chapman (interpretada por una contundente Taylor Schilling) es una neoyorkina estereotípica de clase media, que lleva una vida cómoda, urbana y hegemónica junto a su prometido Larry (Jason Biggs, conocido por la saga American Pie), cuando llega a la penitenciaría Litchfield para encontrarse con la otredad y para convertirse ella misma en una “otra” de la sociedad que hasta ese momento la llenaba de privilegios. Es que la prisión está habitada en su abrumadora mayoría por mujeres negras, hispanas (así la forma políticamente correcta de llamar a lxs latinxs en Estados Unidos), y pobres.

Es que no se puede ni empezar a hablar (y mucho menos hacer una serie entera) sobre el monumental sistema penitenciario estadounidense (al que algunos llaman industria por sus características comerciales) sin hablar de raza y de clase. Ocurre que Estados Unidos tiene encarcelada al 2,8% de su población adulta (uno de los ratios más altos del mundo), de la cual un abrumador 70% son personas “de color” (no blancas). Otro número fuerte: del total de las cárceles de mujeres que existen en el mundo, el 33% está en Estados Unidos. No pareciera necesario decir mucho más para dar cuenta del panorama, aunque el documental 13th (también de Netflix), de Ava DuVernay, tiene bastante que decir al respecto.

 


Representar no es la única tarea

Cada capítulo de Orange cuenta una historia en flashback paralelo al desarrollo de la trama: una a una, vamos descubriendo las trayectorias vitales (y los motivos de encarcelamiento) detrás de cada mujer en Litchfield. Muy rápidamente, queda en claro algo que también es cierto para otros sistemas penitenciarios del mundo, incluido el argentino: las que terminan encarceladas no son generalmente las grandes criminales (salvo en contadas ocasiones), sino las menos privilegiadas o las más subalternizadas por el sistema. Muchas veces, las mujeres “caen” por haber sido cómplices involuntarias de los negocios ilegales de sus parejas varones. Muchas veces, sus crímenes fueron cometidos para salir de situaciones de abuso o violencia. Los casos de Piper y su ex novia Alex (una genial Laura Prepon), a quien se reencuentra en la cárcel para dar lugar a varias idas y vueltas amorosas, son excepcionales.

Una de las primeras críticas que recibió Orange fue la de abordar y visibilizar la crisis de un sistema penitenciario que oprime mayoritariamente a negras y latinas a partir de la experiencia de una mujer blanca y hegemónica. Pero temporada a temporada (de la segunda en adelante), Piper va perdiendo protagonismo en favor del resto del elenco. En Orange ya no existen los personajes “secundarios”: hasta el más aparentemente intrascendente toma relevancia vital para la trama en algún momento u otro. No por nada la serie ganó el Screen Actors Guild Award a Mejor Performance de Elenco en Comedia tres años seguidos.

Otra de las cuestiones que le valieron a Orange tantos elogios iniciales como cuestionamientos fue su aparente diversidad. En la serie (como en la cárcel) conviven mujeres jóvenes, adultas mayores, heterosexuales, bisexuales, lesbianas, transexuales, de una multiplicidad de razas, nacionalidades y religiones. A su favor, también tuvo el hecho muy poco frecuente en la televisión de que las actrices compartan en la vida real parte de la identidad de sus personajes: las latinas son verdaderamente latinas, las rusas son rusas y las transexuales son transexuales. Incluso, hasta algunas lesbianas son lesbianas. Basta recordar las desafortunadas elecciones de elenco en Breaking Bad (donde el capo del cartel mexicano hablaba un pésimo español) o de Narcos (el mismísimo Pablo Escobar interpretado por un brasilero) para entender la importancia de elegir actores y actrices que estén a la altura de sus personajes en términos de representación verosímil (al margen del talento).


Pero muchas no se conformaron con la multiplicidad en la representación que propone Orange. Roxane Gay, autora feminista de ensayos (negra y queer), opinó al respecto que la televisión carecía tanto de buenas representaciones de las llamadas “minorías” que cualquier producto que ofreciera un poco de eso se volvía objeto de masivos elogios sin revisar las formas en que se daban esas representaciones. Es cierto que resulta inútil (y hasta contraproducente) que haya mujeres (negras, lesbianas, trans, etc) en roles protagónicos si esos personajes continúan perpetuando los estereotipos relacionados a cada una de esas identidades, o entendiendo a las mismas como sustancias inalterables.

Pero incluso si se mira Orange con una lupa minuciosa en estos términos, la serie parece resistir la crítica. Por supuesto que siempre habrá cosas para cuestionar, pero en general ha demostrado ir progresivamente incorporando tramas, personajes, hasta guiños sutiles, que toman posicionamientos políticos tan fuertes que resultan inéditos para un show que además de ser masivo, es predominantemente una comedia (o al menos habita un género difuso que apuesta al humor como factor determinante). No sólo respecto de la opresión de las mujeres en tanto mujeres, o en tanto mujeres privadas de su libertad, sino de las mismas en tanto (además) negras, pobres, lesbianas, musulmanas, transexuales. Es en este sentido, en estos cruces, que Orange parece estar dando lecciones importantes sobre interseccionalidad al público masivo.


Interseccionalidad: requisito para construir

A través de las temporadas vimos aparecer una infinidad de problemáticas de distintos niveles de contudencia. Además de las que hemos mencionado y que persisten a nivel macro a lo largo de toda la serie (la raza y la clase como determinantes para terminar en la cárcel), también se abordaron: los sufrimiento particulares de las mujeres adultas mayores en prisión, la discriminación por identidad de género, la visibilidad lésbica, la falta de abordaje integral de la salud mental de las "internas", la cuestión de la maternidad tras las rejas, la diversidad de cultos, la situación de las migrantes, los abusos estructurales y específicos sobre la integridad física y mental de las mujeres encarceladas (desde abuso sexual por parte de guardias hasta la falta de atención médica o de higiene).

Cuando se ejerce el feminismo reconociendo múltiples y simultáneas formas de opresión sobre un mismo sujeto se habla de interseccionalidad. Un concepto que quizás es nuevo para muchas de las personas que se suman a la lucha del movimiento de mujeres a partir de su reciente auge y expansión. Luciana Caudana es politóloga feminista y según explica en diálogo con RosarioPlus.com, para entender la interseccionalidad, primero hay que hablar de la lógica categorial con la que solemos pensar la sociedad.

“El pensamiento categorial va a formular categorías para hablar de los sujetos sociales y así tipificarlos: mujer, negro, blanco, obrero. Pero cada categoría nombra sólo al sujeto dominante dentro de su construcción. Esto quiere decir que cuando digo mujer, en realidad no estoy hablando de todas las situaciones de opresión de género, sino que estoy hablando de la categoría que es norma, que domina ese sujeto ‘mujer’ y que es la mujer blanca, cis, heterosexual, letrada, de clase media. El concepto de interseccionalidad viene a ponerle nombre a ese vacío de situaciones que no son la norma de cada categoría”, cuenta Caudana, docente en la materia Introducción a la Perspectiva de Género en la Facultad de Ciencia Política de la UNR. 

Pero pronto Luciana hace una aclaración necesaria: “Un riesgo de la categoría de interseccionalidad es pensar que apilamos distintas situaciones de opresión y eso nos da un combo del sujeto en cuestión. Pero eso no es así. Lo que viene a decir la lógica de la interseccionalidad es que el análisis debe ser en situación y de caso. Donde una pueda poner a jugar cómo los distintos clivajes se articulan siempre de forma particular para dar como resultado determinada situación de opresión”.

En ese sentido, Orange también aporta a un abordaje interseccional: ningún personaje “se explica en sí mismo” y de forma acabada por la pertenencia a determinada categoría, sino que es su trayectoria vital particular (que se va conociendo con el desarrollo de la serie) lo que le otorga identidad. A partir de esa identidad específica, se visibilizan las opresiones que yacen sobre la persona y, por ende, sus formas de ejercer resistencias. Orange muestra a esas identidades que no son la norma de cada categoría, en toda su complejidad particular, única. También se verá constantemente cómo el poder y la supervivencia (las alianzas, las redes) se construyen poniendo en juego todas estas categorías, de forma simultánea, generando tensiones. 


Aprendizajes pendientes

Aunque en general, el movimiento en la Argentina se caracteriza por ser diverso, plural e inclusivo, hay ejemplos que muestran que todavía hay mucho que aprender y reaprender para alcanzar una sororidad plenamente interseccional. Cuando en octubre de 2016 se organizó el “Miércoles negro” en repudio al crimen de Lucía Pérez, las mujeres afroargentinas cuestionaron que el uso del color negro como referencia al luto (o a lo negativo en general) viene de la cultura cristiana occidental.

Este reaprender constante a partir de las trayectorias vitales de otras mujeres (distintas a una o distintas a la identidad que se presenta como mayoritaria en el colectivo), ese ejercicio de interseccionalizar, es una parte esencial de la historia del movimiento de mujeres y (luego) feminista. Ya en 1851, Sojourner Truth, una esclava liberada estadounidense fue a una asamblea de sufragistas a preguntarles si acaso ella no era una mujer porque era negra. Después, en todos los momentos y todas las “olas”, aparecieron sucesivamente las lesbianas, las migrantes, las obreras, las de pueblos originarios, las transexuales y travestis.

Respecto de la potencialidad política del concepto que es más bien una práctica, una hacer, Caudana opina: “Me parece que la interseccionalidad nos alerta a desconfiar de la homogeneidad de las categorías. Tenemos que poder pensar, cuando tematizamos cierta situaciones de opresión de género, cuando hablamos de ‘la situación de las mujeres’, quiénes somos nosotras como mujeres y de qué mujeres estamos hablando”. Además, resalta la posibilidad de pensar también en la interseccionalidad de las luchas: en un momento en que el movimiento se planta contra una avanzada punitivista, se vuelve necesario articular con otras instancias de resistencia que exceden al movimiento de mujeres, como es la lucha contra la violencia institucional.

Así es que, como quien no quiere la cosa, Orange is the new black logró acercar, sugerir, algunas (varias) lecciones valiosas sobre el feminismo, la sororidad y la interseccionalidad desde un lugar poco frecuente: la televisión mainstream, un producto ficticio pensado para la masividad. Y desde el éxito rotudo, lo cual sugiere que abordar estas temáticas ya no es una tarea a realizar en los márgenes del mercado, del sistema, sino desde su mismísimo corazón: en Netflix, en plena vista de sus millones de suscriptores en todo el mundo. Sólo hace falta ponerse las llamadas "gafas violetas" del feminismo para apreciar (y cuestionar) todo lo que la serie tiene para aportar. 

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